quarta-feira, 4 de maio de 2011

Mitologias do real


Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA, 23/04/2011 , Babelia, El Pais

Desde su mismo nacimiento con El último mohicano de Fenimore Cooper hasta ahora mismo, hasta esa suma póstuma de borradores de David Foster Wallace que acaba de publicarse, la novela americana lleva casi dos siglos empeñada en contar el mundo tal como es; el mundo o los mundos que caben en un país tan grande como un continente que siempre tiene algo de inacabado y como de obra en marcha, a diferencia de las rígidas nacionalidades europeas. El mundo americano es un proceso urgente, un empeño de construcción y destrucción colectiva, de perspectivas tan abiertas como los paisajes naturales y las anchuras de los ríos y de feroces injusticias y dramas sangrientos. La novela es la forma estética más adecuada para contar procesos y tránsitos. La novela es un arte secular por naturaleza en el que no caben las esencias ni las identidades indudables pero sí todas las metamorfosis posibles. La novela trata de alguien que quiere ser otro o se convierte en otro, alguien que cambia, que aprende, que desea y logra y luego pierde o no logra y sigue buscando; la novela trata de personas y de lugares en tránsito, de los grandes cambios de los tiempos que están sucediendo siempre; aspira a atrapar el movimiento, a ser movimiento y cambio ella misma.
En Estados Unidos, los novelistas no han parecido sentir nunca vergüenza de la cualidad plebeya y desmesurada del oficio
La novela americana no tiene escrúpulos para tratar del dinero, del trabajo material, de los procesos industriales
Quizás más que ninguna otra la novela americana, de una forma más sostenida, como si no hubiera nada que no mereciera ser contado en el país o en la gente que ha llegado a él y que lo ha inventado al paso que se inventaba ella misma. Una parte de la novela europea lleva ya mucho tiempo empantanada en el ensimismamiento, y entre nosotros, en España, durante bastantes años fue de mal tono abandonarse sin reservas al gusto de contar. En Estados Unidos, con una fertilidad sólo comparable a la de ciertas épocas en América Latina o en las antiguas colonias de habla inglesa, los novelistas no han parecido sentir nunca vergüenza de la cualidad plebeya y desmesurada del oficio. Desde el principio, la novela americana ha tratado de la promesa y de la pérdida, de la posibilidad y la vulneración del paraíso en el gran trance de los cambios traídos por la explosión de las energías económicas y la tecnología. Que la primera novela americana memorable se titule El último mohicano es una paradoja en la que convendría detenerse. La llegada de los nuevos tiempos siempre tiene el reverso del hundimiento de algo, lo bueno y lo malo que existía antes. Los indios de los grandes bosques de la costa atlántica son los primeros en sucumbir a un cataclismo que es la otra cara de la nueva vida que vinieron a buscar los colonos, los fugitivos de la pobreza y de las persecuciones de Europa. La celebración de lo que existe es también una poderosa elegía porque incluye el relato de lo que está a punto de dejar de existir.
La novela americana quiere contarlo todo y en ese propósito se arriesga con alguna frecuencia a derrumbamientos heroicos. En rigor, se trata de un proyecto imposible. Herman Melville, para abarcar el gran relato de la caza de la Ballena Blanca, intenta poner juntas la novela clásica de aventuras, la mitología, la escatología cristiana, las ciencias naturales, la crónica de desastres marítimos, y lo que empieza siendo la historia casi picaresca del joven Ismael se convierte al cabo de unos pocos capítulos en una especie de enciclopedia fragmentaria de la calamidad. Moby Dick es una de las mejores novelas que pueden leerse, una de las pocas en las que ha nacido un símbolo universal que trasciende la literatura, pero para Melville su publicación fue también su ruina, porque no se recuperó nunca del escarnio o el desdén con que fue recibida. Siglo y medio después, en Moby Dick nosotros vemos sobre todo su poderoso simbolismo, y eso puede hacernos olvidar que se trata también de un gran reportaje periodístico sobre el impacto ambiental de la ambición humana en la busca de fuentes de energía, sobre una fase en el desarrollo de la tecnología y del capitalismo: el aceite de ballena era el petróleo de entonces; los buques balleneros, factorías industriales, y la caza descontrolada de aquellos animales inmensos, la primera prueba de que un recurso natural en apariencia ilimitado podía ser llevado a su rápida extinción en nombre del beneficio económico

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